Cuando tenía 16 años, y estaba
cursando el penúltimo año del colegio, se me ocurrió que quería estudiar otro
idioma. Just for tha sake of it, sólo por gusto. Alemán no porque nunca me
gustó, y me parece que sería muy difícil aprenderlo. Francés siempre me gustó –
y de hecho es una materia pendiente – pero mi viejo siempre hacía lobby en su
contra, y tuve que reconocer que algunos argumentos eran convincentes para no
estudiarlo, y en su lugar, estudiar portugués. Un idioma mucho más fácil y
rápido de aprender, que a su vez, tiene mucha más utilidad. Los argentinos
podremos sentir nuestro orgullo herido, pero debemos reconocer que somos el
hermano chiquito – chiquitito – de Brasil, y que nos conviene estar preparados
para trabajar con ellos. La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida.
Después de un año de estudiar
portugués en el instituto alemán – sí, alemán – me hicieron una oferta que no
podía rechazar: un chico que iba a hacer un intercambio corto en Brasil se
había enfermado y necesitaba un reemplazo. Ya conocen como termina esa
historia.
Un poco como ahora, el tema era
en días. Así que llené los formularios del rotary que le iban a mandar a mis familias
anfitrionas y me dediqué a la ardua tarea de tranquilizar a mi mamá y mi
abuela. Mi mamá en realidad estaba contenta, aunque tenía unos nervios
tremendos. Ya mi abuela, no podía entender por qué carajo estaba queriendo irme
a Brasil, así que a mí me venía con llantos y a su hija, simplemente la cagaba
a pedos. ¿Cómo se le ocurría dejar a un niño de 17 años irse sólo a otro país,
a miles de kilómetros y donde hablaban otro idioma?
La cuestión es que para mí todo
fue una aventura. Me vine a vivir a Marília (SP) originalmente por 45 días, que
se convirtieron en casi 3 meses. Estuve en 3 casas distintas, con familias
definitivamente diferentes. Todo ese tiempo sumergido en otro idioma, otra
comida, otra gente, otros lugares, en fin: otra cultura. Al volver a Argentina
declaré que, aunque Argentina siempre va a ser mi hogar, si tuviera que vivir
en otro lado, sería en Brasil. Sentí que si había diferencias culturales eran
muy pocas, despreciables. Y en todo caso las que hubiera, eran totalmente
aceptables.
A más de 8 años de aquella
experiencia hoy estoy de nuevo en San Pablo. Pero todo es diferente. La ciudad
no es una población de 400 mil, sino una megalópolis de 20 millones de
personas, mis responsabilidades son un poco mayores, y sobre todo yo soy otro. Es
claro que la visión de un niño de 17 años no es la misma de alguien de 25 que
entre medio, se fue de su ciudad natal y vivió un año en otros dos países. Hoy,
esa idea que yo traía de que “somos casi lo mismo”, de que nuestras culturas
son muy parecidas, está casi extinta.
Somos parecidos, sí, pero quizás
somos todo lo parecidos que cualquier par de países latinoamericanos es entre
sí. Quizás los argentinos nos parecemos a los brasileros tanto como nos parecemos
a los venezolanos, o a los ecuatorianos. Yo tenía razón en que es un lindo
lugar para vivir, en que puedo estar acá sin sentir que no puedo adaptarme a la
cultura local, pero estaba equivocado al decir que era, detalles más o menos,
lo mismo.
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| Escultura en el memorial de América Latina |
Supongo – y espero – que gradualmente
entenderé, aceptaré y finalmente me adaptaré más a la cultura local. Con
cultura me refiero a aspectos muy diversos de la vida como la comida, la
música, las costumbres y tradiciones, los modales y el humor. Quizás sobre
todo, estos dos últimos ingredientes de esa mezcla que forma el gen brasilero.
O quizás debería decir Paulista.
No sé cuán representativos de la
cultura argentina sean mis modales y mi sentido del humor, pero en promedio, no
tan fuera de lo común – creo. Aunque evidentemente, son muy diferentes de los
locales. Creo que hay personas que tienen facilidad en adoptar rápidamente cierta
forma de ser porque es la correcta, son digamos, diplomáticos. Bueno, a mi no
me resulta tan fácil.
Uno de los conceptos clave en la
forma de ser del Paulista (no puedo decir que de todo brasilero) es el de “ser
amable”. Y lo son. Si pueden evitar decir algo que pueda parecer negativo sobre
otra persona, lo evitan. Lo mismo vale para las opiniones contrarias. Y este
objetivo, la mayoría de las veces, está muy por delante de la honestidad. En
criollo: prefieren decir algo lindo y agradable, que decir la verdad (lo que no
impide, y hasta favorece, que a espaldas de esa persona sean bastante generosos
en calificativos y críticas). Puedo llegar a aceptar que esta postura sea a fin
de cuentas positiva, según me dicen, lo que tratan es de evitar roces. ¿Pero
qué querés que te diga? ¡La verdad es que no estoy de acuerdo!
Siempre les explico que tienen
que tener en cuenta que, grosso modo, la mitad de los argentinos desciende de
italianos y la otra, de españoles. (Sé que es una exageración burda, hay
descendientes de montones de otras nacionalidades pero sirve para que lo
imaginen). Y no tienen más que ver la forma de ser de los españoles e italianos
para darse cuenta que es lógico que nuestros modales sean un poquito… intensos
y frontales. Ojo, yo soy consciente de que el que se tiene que adaptar soy yo,
pero de todas formas intento que ellos también vean que hay otras formas de
ser, y que en donde yo nací, ¡esa forma de ser “está bien”!
Las diferentes formas de humor y
de ideas sobre lo que son “buenos modales” son las que más noto en el día a
día. En mi oficina, ya lo hemos incorporado a modo de chiste, que yo soy “grosso” (es decir, grosero o
maleducado). La mayoría de las situaciones que les hacen pensar eso me resultan
cómicas, algunas pocas no tanto. Yo, en cambio, les digo que lo que pasa es que
en relación a mi forma de ser ellos son muy sensibles. (No sé por qué me suena
que esto ya lo usé también en Argentina, pero bueno, lo dejemos de lado por
ahora).
Es muy interesante cómo las
personas pueden pensar distinto. Lo que para mí es un comentario “honesto,
sincero” para ellos puede resultar “rudo, grosero, agresivo u ofensivo”, en
distintos niveles de intensidad según sean mi nivel de confianza con la persona,
la hora del día, el hambre que tenga, etc.
Con paciencia, todos aprendemos.
Ellos aprenden que hay otros lugares donde hay ideas distintas sobre lo que se
considera educado, honesto, o falso. Y por otra parte, yo estoy aprendiendo que
si bien otras personas pueden tener en consideración que “sos de otro lado”,
cuando uno es el de afuera, es el que se tiene que adaptar.
Estar en San Pablo es, un poco,
estar en todo el mundo. Entre todos los extranjeros que vivimos acá y los que
voy conociendo – y hospedando – a través de CS, vivo en un verdadero
intercambio cultural permanente. Eso debería ser una inmunización contra la
intolerancia.
Además de haber hospedado a por
una o dos noches a couchsurfers que conocí en las reuniones, y necesitaban otro
lugar para extender su estadía, en estas últimas dos semanas tuve mis dos
primeros surfers oficiales, es decir, que pidieron el lugar a través de la
página: Christoph, de Alemania y Jenniffer, de Estados Unidos. La experiencia
fue excelente! Pero quedará para otro post.
Gracias por haber compartido este
momento. Faltaba el mate nomás.
Será até a próxima.

Una charla justa para tener un mate en la mano la verdad! Me alegra (enorgullece) que por mucho que puedas apreciar y, "adquirir" nuevas culturas, sigas pensando que Argentina es tu hogar, me hace sentir que taaaan poca cosa no es jaja! Y sí, adaptarte a los 17 debe haber sido muy fácil, porque no hay nada que no daría yo por una feijoada en este momento! Beijos
ResponderEliminarAni
Ani